I. Las cuatro fases

1. ¿Cuántas veces en nuestra carrera hemos abordado un gran proyecto, ilusionante y desfiante, al que desde el principio hemos entregado en cuerpo y alma, sin regatear tiempo y esfuerzo, antes de ver los primeros resultados?

2. En otras ocasiones, hemos vivido etapas de disfrute en las que, tras perseverar en los esfuerzos iniciales y haber invertido mucho tiempo, energía y entusiasmo, hemos visto la luz al final del túnel: el proyecto funciona, hay resultados y empezamos a disfrutar de ellos. Los deberes se han hecho y se está alcanzando el objetivo.

3. Igualmente, a veces hemos sentido que, tras haber culminado un proyecto, llevábamos ya un tiempo viviendo de él, saboreando y disfrutando con exceso las mieles. Lo más importante ya se había hecho y, poco a poco, nuestro trabajo de cada día nos parecía más de lo mismo. Ya no había pasión ni entusiasmo.

4. Y finalmente, también, por desgracia, hemos vivido etapas en las que el trabajo cada vez nos dice menos, nos aburrimos, no aprendemos y “nos cuesta levantarnos para ir al trabajo”, la malvada señal de alarma roja.

En la primera situación, estábamos motivados y todavía no satisfechos. En la segunda, satisfechos y motivados. En la tercera, satisfechos, pero no motivados. Y en la cuarta, ni satisfechos ni motivados.

Una curva y cuatro fases

Al explorar en profundidad la carrera profesional de muchos directivos, observamos que, entre otras, aparecen de forma consistente estas cuatro situaciones, cada una con diferentes dosis de motivación y satisfacción. Quizá lo más interesante es que no suelen aparecer aisladas, sino relacionadas entre sí mediante una curva, y constituyen con frecuencia fases o etapas secuenciales no sólo en el trabajo, sino también en la carrera directiva, en las organizaciones y en otras facetas de la vida, en la política y hasta en las relaciones afectivas. Es también la historia del ciclo de vida de un producto y de la grandeza y caída de muchas grandes empresas. La curva y las fases resumen, asimismo, la existencia humana. Empezamos creciendo poco a poco, subimos y luego bajamos. En la Figura 1, las cuatro combinaciones binarias posibles de motivación–satisfacción conforman las cuatro fases secuenciales, que denominamos de Compromiso (I), Consolidación (II), Complacencia (III) y Decadencia (IV).

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Fase I: Compromiso y Crecimiento (Motivado y no satisfecho)

El directivo se implica en un gran proyecto, lo compra emocionalmente, con un gran compromiso y deuda moral y emocional con la empresa y con quienes le han elegido. Es fase de aportar y aprender, y, al mismo tiempo, de gran dedicación, sacrificios personales y familiares, jornadas interminables o viajes agotadores. En esta fase, el salario emocional es alto y la persona pone en juego sus mejores capacidades y talento. Hace suyo el proyecto, se faja y se entrega a él, sin letra menuda. La curva de aprendizaje tiene máxima pendiente. Las vivencias de la persona en esta fase son todas las “e” de la motivación más fuerte y auténtica: entusiasmo (en griego significa que los dioses están en ti), entrega, emoción, energía y endorfinas.

Fase II: Consolidación (Motivado y satisfecho)

En esta etapa se consolidan el esfuerzo y dedicación de la anterior. El proyecto funciona, se ve la luz tras el túnel, y se empieza a disfrutar de los resultados. La vertebración del proyecto ya se ha logrado y se rematan los detalles. Se han hecho los deberes y es un orgullo. Se saborean las mieles y las bondades del proyecto. Sin embargo, se empieza a tener la sensación de etapa cubierta. Poco a poco, van disminuyendo la aportación y el aprendizaje y el proyecto pasa a ser hijo de uno mismo y niña de sus ojos. El dilema humano de dar el hijo en adopción comienza a plantearse. Las vivencias personales de esta fase son de disfrute, madurez y plenitud del proyecto y misión cumplida. Y el peligro, sentir la “propiedad”.

Fase III: Complacencia (Satisfecho y no motivado)

El proyecto está terminado y ya sólo quedan pequeños ajustes, que otros pueden llevar a cabo. Para algunos, prácticamente se ha cumplido el objetivo. Pero otros, como seres humanos, siguen disfrutando de las mieles y no se empalagan. Comienzan a “pastar”. La energía se empieza a dedicar más a explicar cómo se ha hecho que a iniciar nuevos retos. El espíritu, la mente y hasta el cuerpo engordan. A ello sigue la autocomplacencia, el estancamiento y hasta el “compromiso al revés”: sentir ahora que es la empresa o los “otros” quienes están en deuda moral conmigo por mi gran esfuerzo, trabajo y servicios prestados. Las vivencias de esta fase son de saciedad, de más de lo mismo, de estancamiento y de vía muerta. Siguiendo este camino, el paso a la siguiente fase ya está servido.

Fase IV: Decadencia (Ni satisfecho ni motivado)

Es la fase descendente y de deterioro, consciente o inconsciente, de posible degradación, hasta de destrucción según el caso. La cuesta abajo cambia progresivamente a caída en picado, casi irreversible. Las opciones de reconducir la carrera son cada vez más complicadas. El final de esta fase es a veces traumático y la reconversión dolorosa, tanto más cuanto más avanzada es la carrera. Suele acabar en salida de la empresa y reinicio de otra etapa profesional. Las vivencias personales de esta fase son el aburrimiento, deterioro y frustración, a veces seguidas de depresión.

¿Es éste el destino? ¿Qué hacer para no entrar en la zona de la desmotivación, no estancarse y no caer en la complacencia y en la decadencia? La clave es el cambio y el reinventarse. Hay que renacer. Quien no está para nacer está para morir. Antes de llegar al punto máximo de la curva, hay que salir de ella e iniciar una segunda curva, apostando por estar de nuevo motivados y todavía no satisfechos. No es fácil salir de la primera curva, pues todo nos invita a seguir en ella. Pero lo que nos trae el éxito también nos trae el fracaso. Si seguimos el camino de la primera curva, empezamos a descender y a caer en picado. Veremos la forma de iniciar esta segunda curva.

II. Cómo evitar el bar de Davy

Decíamos que para no entrar en la zona de la desmotivación, para no caer en la complacencia y en la decadencia, hay que reinventarse y cambiar. El secreto del crecimiento constante es empezar una nueva curva antes de que la primera se acabe. ¿Cómo lo hacemos? No es fácil, pero a ello nos puede ayudar una pequeña historia que, en forma de paradoja, le sucedió a Charles Handy.

El camino al bar de Davy

Tratando de visitar las montañas Wicklow, cerca de Dublín y de su tierra natal, Handy estaba perdido por aquel lugar agreste y solitario, apenas señalizado. Se detuvo y preguntó el camino a un paisano.

- Es fácil, respondió éste. Siga este camino, hasta cruzar un pequeño puente. Después siga todo recto y al cabo de un rato llegará al bar de Davy. No tiene pérdida. ¿Está claro?

- Entendido. Todo recto hasta el bar de Davy.

- Bien. Entonces, aproximadamente una milla antes de llegar, tuerza usted a la derecha, colina arriba.”

Handy dio las gracias y arrancó el coche dándose cuenta poco después de que la lógica no funcionaba. Tras pasar el puente, se preguntaba cuál de los caminos a la derecha tenía que tomar antes de llegar al bar de Davy. De lo único que estaba seguro era de que si llegaba al bar se había pasado. Le acababan de dar un ejemplo vivo de una de las paradojas de nuestra vida Si seguimos marchando por el camino en que estamos, perderemos la vía del futuro y para cuando estamos seguros de adónde tendríamos que ir ya es demasiado tarde, pues nos hemos pasado y ya hemos llegado al bar de Davy. La vida la explicamos hacia atrás, pero la vivimos hacia delante.

La segunda curva

¿Cuál es el lugar adecuado para empezar la segunda curva? (Fig. 2). Es el punto A, donde aún hay tiempo, recursos y energía para conseguir que la segunda curva supere las dificultades iniciales antes de que la primera curva empiece a caer en picado. Esto parece claro si no fuera porque en el punto A todos los mensajes que nos llegan nos dicen que todo va estupendamente y que sería de locos cambiar cuando las recetas actuales funcionan tan bien.

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El iniciar la segunda curva en el punto A hacia X* es el camino para construir un nuevo futuro, manteniendo el presente. La zona sombreada es difícil y de turbulencias. Es zona de preparar e iniciar la nueva etapa con parte de los recursos y ventajas del proyecto que estamos consolidando y culminando. La segunda curva es la carretera colina arriba a la derecha.

¿Cómo sabemos en qué punto de la primera curva estamos? Uno mismo puede hacer su propia evaluación de su carrera o de su empresa, señalando con una X el lugar donde considera que está ahora. Casi invariablemente uno ha recorrido más trecho de la curva del que cree y está más cerca del punto B (camino del bar de Davy) que del punto A.

La apertura al cambio y a iniciar la segunda curva implica asumir siempre que estamos en A, cerca del punto culminante de la primera curva y que, por tanto, deberíamos empezar a preparar la segunda curva. Mantener las dos curvas vivas se debería convertir en una disciplina permanente. Todo tiene sus altibajos y nada dura arriba o abajo para siempre. Mantener en equilibrio esta paradoja es lograr que el pasado y el futuro coexistan en el presente. Las nuevas ideas pueden coexistir con las viejas.

Fase I*: Cambio, Reinventarse

Así pues, en vez de ir de II a III, vamos de II a I* y reiniciamos un nuevo camino, que nunca será el mismo. Es muy frecuente en directivos con talento la forma, inocente, naïve, en que describen este paso: “Fíjate que, después de todo el sacrificio llevando a cabo este proyecto, cuando lo tenía prácticamente terminado y empezaba a disfrutar de las mieles de ver que todo funcionaba, me apareció otro tema que era tan enormemente atractivo que, después de pensarlo un tiempo, no me pude resistir y lo acepté.” De esta forma tan simple, el profesional con talento muestra cómo, consciente o inconscientemente, se reinventa a sí mismo con nuevos retos, que son las resistencias a vencer que miden las fuerzas de sus capacidades y talento directivo. En la Fase I* renacen el compromiso con el nuevo proyecto, el aprendizaje y el desarrollo profesional y personal. Aparece de nuevo el entusiasmo, la ilusión y la entrega y se sigue de nuevo el camino.

Fase II*: Consolidación del Cambio

Se repite, en líneas generales, la experiencia anterior, pero nunca nos bañamos dos veces en el mismo río ni volvemos a pasar por el mismo lugar, pues el lugar ha cambiado y nosotros tampoco somos los mismos. Por eso, las vivencias profesionales y humanas de esta etapa son descubrir, asombrarse e integrar nuevas experiencias en nuestro referencial personal y profesional. Así sucesivamente, iremos viviendo experiencias donde, como el marino, iremos de puerto en puerto, pero consolidando cada etapa y cada proyecto sin perder raíces ni referencias. Como decía el poeta, la meta es el camino, y éste se hace al andar en un viaje eterno hasta Ítaca, siempre con la mirada hacia el horizonte, hasta llegar finalmente donde el mar abraza al sol y a las estrellas.

José Medina

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