Dos de las características predominantes en las organizaciones del s. XXI serán su progresiva democratización y la incorporación de la mujer a las tareas de Liderazgo.

La Democracia está siendo adoptada por los países no sólo como una manifestación de valores y derechos humanos desde una perspectiva política, sino también, bajo ciertas condiciones, como la forma eficaz de funcionamiento de una organización social. Hoy día es casi el único sistema que puede responder con cierto éxito a las demandas de cambio de nuestra civilización. De hecho, es el único sistema organizativo compatible con el cambio permanente.

Al hablar de Democracia en la Organización, nos referimos a un sistema de valores que gobiernan nuestra conducta y con el que las personas estamos de acuerdo en palabras y en hechos. Estos valores son, entre otros:

  1. Comunicación abierta y libre entre las personas, con independencia de rango y de poder.
  2. Influencia, mérito y promoción basados en conocimiento y competencia profesional más que en el poder, status, coerción o veleidades personales.
  3. Clima que permite y facilita la confianza y expresión de puntos de vista y opiniones diferentes sin temor a represión. Cooperación y trabajo eficaz en equipo.
  4. Uso preferente del consenso frente a la coerción en el manejo de conflictos, y disposición a dirimir en un marco racional las discrepancias de objetivos entre el individuo y la organización.
  5. Aceptación de la diversidad, en su más amplio sentido, como fuente y vía de desarrollo.
  6. “Ecología” y responsabilidad ante los “stakeholders”: accionistas, directivos, empleados, clientes, proveedores, sistema social y medio ambiente.

Una sociedad o una organización democrática es un organismo vivo complejo, en evolución, en parte impredecible, creciendo y desarrollándose en diferentes direcciones y con diferentes objetivos. Trabajar eficazmente en ella implica un buen grado de flexibilidad, sensibilidad, cooperación y trabajo en equipo. Las predicciones y planes de cada día pueden no valer para el siguiente. La Democracia no consiste tanto en el control como en el ajuste, en saber adaptarse y en la flexibilidad.

Por eso, las organizaciones del s. XXI se construirán cada vez más con parámetros y criterios democráticos. Estarán, cada vez más, formadas por redes y grupos de trabajo, equipos multifuncionales, sistemas temporales, “task forces”, grupos y equipos de proyectos, etc., casi cualquier cosa menos estructuras piramidales, jerárquicas y burocráticas. Las configuraciones que sobrevivirán y tendrán éxito serán menos jerarquizadas y con sus relaciones más basadas en objetivos comunes, no en relaciones de dependencia y de “reportar a”. Para funcionar eficazmente y tener éxito, las organizaciones deben tener estructuras flexibles que les permitan responder rápidamente y ser muy adaptables. Han de ser ligeras, planas y capaces de integrarse en alianzas, fusiones y todo tipo de transformaciones y cambios. Han de entender un conjunto de prácticas de negocio, clientes y culturas y valores.

La adaptabilidad se ha convertido en la característica clave de una organización para su supervivencia. Aquellas personas que no están demasiado comprometidas u obligadas con el “status quo” son las que están en mejores condiciones de adaptarse e incorporarse al cambio y a la innovación. En este sentido, las mujeres están en una excelente posición y ventaja competitiva. El hombre ha respondido a las expectativas de la cultura autoritaria de la competitividad y del éxito profesional dentro de un corsé etiquetado de masculino. Ha quedado para la mujer cuidar todas las demás necesidades humanas: expresión de emociones, relaciones, cooperación, criar y desarrollar a otros, dar cariño, etc. Han tenido que desarrollar habilidades diplomáticas, de mediación, negociación, compromiso, reconocimiento de necesidades de otros. Precisamente son éstas muchas de las capacidades que se requieren en una democracia y en el liderazgo de las organizaciones del s. XXI.

Paradójicamente, las mujeres se adaptan mejor al caos y a la confusión que producen el cambio continuo, la democratización de las instituciones y las nuevas ciencias. Sus necesidades de control son menores que las de los hombres.

Las mujeres están más familiarizadas con el caos que a veces generan los niños y son más capaces de dirimir eficazmente con distintas tareas al mismo tiempo. Las mujeres que trabajan fuera y que, al mismo tiempo, son amas de casa reciben, queriéndolo o sin querer, un excelente entrenamiento para la vida democrática y para tareas de gerencia.

En el liderazgo del s. XXI se requerirán con mayor frecuencia características o competencias comúnmente asociadas más a las mujeres que a los hombres. Ello no significa una relación lineal con una mayor demanda de mujeres líderes. El género masculino o femenino no va a ser el factor determinante de la excelencia del liderazgo. El liderazgo eficaz o excelente no depende de la masculinidad o femineidad. Se trata de un conjunto de características que tienen todos los auténticos líderes, tanto hombres como mujeres.

En resumen, se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer; aunque, a veces, perpleja y asombrada.

José Medina

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