Una segunda historia, con desenlace bastante distinto a la que describí del "Power Lab", fue la de “Table Rock”. Un bucólico grupo de tres hombres y cuatro mujeres nos fuimos de paseo por el campo a las dos de la tarde y no volvimos hasta ser recogidos a las ocho de la mañana del día siguiente, perdidos por los Montes Apalaches. Lo que empezó como una marcha placentera pudo haber acabado en auténtica tragedia.

Íbamos en dirección a una roca, "Table Rock", con instrucciones más o menos claras, según creí entender. Pero uno de los colegas y compañero de viaje, Buck, que ya antes había mostrado unas excesivas ansias de liderazgo que terminarían por complicarnos la vida a todos, él incluido, desde el principio tomó la iniciativa de guía del grupo, dando a todos la impresión de que conocía bien el terreno y el camino. Tal como yo entendí las instrucciones, no coincidían los dos o tres giros de caminos iniciales que habíamos hecho con los de mi mapa mental. Sin embargo, dada la seguridad que mostraba Buck, no quise confrontarle una opinión en la que parecía estar muy seguro. Al cabo de un tiempo le hice saber finalmente que me parecía equivocado el camino por donde íbamos, pero él insistió con plena seguridad en que conocía el paraje a la perfección. Todo siguió igual y seguimos andando todos.

Así estuvimos caminando más de dos horas y media en la misma dirección. El haber vivido mucho tiempo en el campo me facilitó, cuando ya eran casi las seis, el darme cuenta bastante antes que los demás de que las probabilidades de pasar la noche en el bosque eran todas. Esa noche ya no íbamos a volver a casa.

Al empezar a anochecer tuvimos que asumir que estábamos perdidos en el bosque. El bueno de Buck, que hasta entonces había jugado su papel de líder irresistible, se desfondó al darse cuenta de que necesitábamos tres horas para volver, si es que atinábamos, al punto de partida en que nos habíamos desviado erróneamente. De un liderazgo abrumador, Buck pasó a una depresión y sentimiento de culpa insoportables, con autoincriminaciones y ataques de nervios, al borde del lloriqueo. Le tuve que decir que no empeorara más la situación y que diera ánimos a la gente. Ya era de noche, sin luz, sin luna y, desde luego, sin los helicópteros que aparecen en las películas de series televisivas americanas. Evidentemente, en aquellos años ochenta, no teníamos teléfonos móviles.

Perdida la orientación y en la oscuridad de la noche, fuimos descendiendo por la montaña, siguiendo los cauces de arroyos, en busca de algún camino que nos resultara familiar para poder rehacer la vuelta.

El único alimento de que disponíamos era un pequeño cartucho con pasas de Corinto que llevaba Ruth, una moza grande, morena africana, que, entre suspiro y suspiro, de vez en cuando se preguntaba cómo estaría su mamá y que la vería pronto, todo acompañado de pequeños sollozos. Por fortuna, era ella quien exteriorizaba el sentimiento del grupo, entre preocupación y esperanza. Guardamos, sin embargo, las pasas, pues Buck me dijo que podía haber osos por aquellos parajes, y cualquier posible alimento que se les diera podría evitar el peligro. Ante esto, algunos del grupo quedaron muy preocupados, si no aterrados, en aquella noche oscura. Yo traté de quitar importancia al eventual peligro, con la condición y acuerdo de que, en caso de aparecer el oso, nadie correría y todos seguiríamos el mismo camino, procurando no mostrar ninguna alarma. Yo me quedé con el cartucho de pasas, pues, en caso de aparecer el oso, yo me encargaría de proporcionarle el alimento. La buenaza de Ruth me pidió, por favor, que no me las comiera. Como broma, le dije que estuviera tranquila, que no me las comería, salvo caso de sentir hambre extrema. Al oír esto, empezó de nuevo a llorar, y tuve que aclararle que bromeaba, para que se quedara tranquila.

El resto de la historia fue una odisea entre lloros, depresión de Buck, hambre, miedo, algún ataque de nervios y un frío nocturno espantoso que, hacia la medianoche, nos obligó a dormir dos o tres horas todos juntos, exhaustos, cuerpo con cuerpo, con calor físico humano como único cobijo y alivio.

Ciertamente, todo esto no estaba previsto en el programa. Al amanecer y afinando el oído, pudimos acercarnos poco a poco a una carretera donde ya nos pusimos a salvo. A pesar del hambre, habíamos llegado a guardar el paquete de pasas como último recurso en caso de que apareciera el oso. Nadie las comió al final. Todos terminamos calmando el hambre con platos más apetitosos.

Sin pretenderlo y sin buscarlo, me convertí en un líder informal a lo largo de todo este evento, a pesar de que yo también compartía todos los temores y preocupaciones del grupo. Como a los americanos les encantan las proezas y aventuras heroicas, tuvimos que dedicar un día entero a comentar y discutir toda la hazaña con todos sus pormenores. La verdad es que fue una excelente sesión de “Outdoor Training”, con un riquísimo material vivo, real y, desde luego, inesperado.

Todo esto me hizo pensar después en aquella película de Anthony Hopkins en que tuvo que luchar con un oso. El protagonista decía al final que uno nunca elige ni el momento ni el lugar de las situaciones que más nos ponen a prueba en la vida.

Lo que quizá pude aprender del evento fue, de comienzo a final:

  • Hay que ser más asertivo de lo que yo fui. Quizás no hubiéramos llegado a la situación extrema.
  • Tomar conciencia de que uno está perdido es un paso adelante. Proporciona aplomo y, sobre todo, corta el “shock” de darse cuenta de golpe.
  • El sentido del humor y optimismo es una ayuda insuperable contra todos los miedos y pérdida de la serenidad.
  • Hablar y cantar alguna cosa distrae y relaja.
  • Reírse de uno mismo ayuda: “¡No os quejéis. La situación podría ser mucho peor!”
  • En situación de temor, miedo o aparente peligro, la gente está deseando oír cualquier comentario alegre y optimista.
  • Aunque uno puede tener miedo, como ser humano, hay que transmitir calma, aplomo, serenidad, optimismo y alegría.

Finalmente, Hopkins puede tener razón con las situaciones que nos ponen a prueba, pero hay pruebas por las que no vale la pena pasar. Personalmente, debo decir que no me atrae en absoluto pelear contra un oso. Como mucho, y sólo si es imprescindible, dejarle en el suelo un cartucho de pasas de Corinto.

José Medina

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