Así cantaba Nancy Sinatra en su canción, allá por los años setenta... Recuerdo, hace unos tres años, la búsqueda de un director financiero para una multinacional del sector farmacéutico. Mientras el cliente entrevistaba a los cuatro candidatos finales, todos alrededor de unos treinta y muchos o cuarenta años, yo hablé con otro candidato emergente, que procedía de la fusión de otras dos empresas, en la que había quedado fuera y se hallaba en el mercado desde hacía unos días. Tenía alrededor de 55 años. Días antes me había comentado que se había enterado de la búsqueda y, dada su situación, tenía mucho interés por optar al puesto.

Durante la entrevista, me llamó la atención la forma madura, realista y humana en que me planteó su caso. “Sé que no tengo muchas opciones de lograr el puesto, dada mi edad, pero, además de mi necesidad, creo que cumplo los requisitos, y quiero jugar todas mis bazas”. Todo ello dicho con sencillez y firmeza, sin nada de prepotencia ni sumisión.

Aunque talludo, me pareció un buen candidato, y decidí añadirlo al cuarteto que estaba entrevistando el cliente. Al terminar éste sus entrevistas, me comentó: “De los cuatro veremos a dos pasado mañana, para cerrar con uno de ellos”. “Bueno, acabo de ver a un quinto que me parece interesante, con la salvedad de que tiene 55 años”, le expliqué. Torció un poco el gesto, pero accedió: “Bien, hazme informe, lo veremos antes que a los otros, y tomamos la decisión. Tú te vienes también y cerramos el tema”. 

Dos días después, tras la entrevista con el sénior, el cliente me miró a los ojos, diciendo: “¡Este es claramente el hombre que busco! Vamos a ver a los otros dos, sólo por cortesía, porque definitivamente contratamos a éste”.

Hoy día la persona sigue en su puesto, con excelente desempeño.

Los años pesan y no caen en saco roto. Pero la edad no es un predictor. Hay personas oxidadas a los veinticinco y otras inoxidables a los sesenta, en plena actividad y forma. Recuerdo en este sentido la poesía de León Felipe: “Ser en la vida romero, romero, que siempre pasa por caminos nuevos. Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, ni el tablado de la farsa ni la losa de los templos, para que nunca recemos como el sacristán los rezos ni como el cómico viejo digamos los versos. Romero, siempre romero, que siempre pasa por caminos nuevos”.

Grandes líderes y maestros que hemos conocido parecían física y mentalmente inmunes al tiempo: Warren Bennis, en sus 82 largos años, en plenitud productiva y lucidez inmensa; Harold Bridger, del Instituto Tavistock, que, a sus 95 y algo, entregó el alma con las botas puestas, trabajando hasta los últimos días de su vida.

En España, participó en proyectos en la Escuela de Organización Industrial (EOI), en los que impartió seminarios a altos directivos, allá por 1985. Durante los descansos, entre clase y clase, aprendió a jugar al mus y descubrió y disfrutó los churros durante el desayuno. Antes de sus clases, dábamos por El Paular un intenso y reconfortante paseo de una hora, en el que Harold calzaba una botas suaves y cómodas, con la puntera ancha, como las que tienen los zapatos de los niños. Me sorprendió que en él siempre permaneció esa inocencia infantil de afán de aprender y de maravillarse con todo lo nuevo. Que no se me olvide que, cuando sea mayor, quiero parecerme a ellos.

Todos ellos han sido y son espíritus hambrientos, en su afán de aprender y de saber, almas limpias y brillantes como acero flexible, que nunca se oxida. El tiempo no podía con ellos. Poseían el don de la neotenia, que, en zoología, es la permanencia de características juveniles en el animal adulto. Nunca dejaron de tener algo de niño. Cada día despertaban maravillados, con los ojos muy abiertos, para nacer de nuevo, como nace el sol.

Yo tengo también unas botas, suaves, flexibles y de punta ancha, parecidas a las de Harold, con las que también ando mucho, como él hacía. Siempre las llevo puestas en mis largos paseos. Cuando algún día tenga que dar cuentas, al final de este largo paseo de la vida que damos todos los humanos, ese día me encontrará “con las botas puestas”. Ciertamente, debo reconocer que esa fecha ni cuenta en mi agenda ni está incluída en mis objetivos a corto o medio plazo. Sinceramente, si aconteciera, admito que me llevaría cierta sorpresa, no del todo agradable, aunque mi perplejidad tampoco duraría tanto. Pero la vida está llena de cosas sorprendentes y hay que estar en buena forma para afrontarlas.

Es por eso por lo que hay que optar a puestos a los 55 años, aunque estén diseñados para gente de 40, por lo que no hay que oxidarse y, como León Felipe, tratar de ser en la vida romero, y también, como decía Nancy Sinatra, tener unas buenas botas, que son para caminar. Unas botas como las de Harold, muy parecidas a las de los niños. Salvando las distancias, y dentro de una cierta modestia, yo tengo también unas botas así y siempre, siempre, las llevaré puestas.

José Medina

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