"Nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar", decía Jorge Manrique. Si eso es así, el comienzo de una carrera es como el nacimiento de un río. El agua fluye entre piedras y cae en cascada sobre pozas y rocas, buscando y, al mismo tiempo, forjando y creando el camino, que poco se parece al resto del curso. A lo largo de este, llegan nuevas corrientes de experiencia; el caudal crece y cambia, el cauce se ensancha y el río pasa por muchos lugares, hasta acabar en el mar.

Algo así es nuestra carrera. Remamos y avanzamos corriente abajo, cada jornada, durante años. Tras haber recorrido un buen trecho, acercándonos poco a poco a la mitad del camino, buscamos algún remanso cercano a la orilla. Soltamos momentáneamente los remos y nos detenemos, mirando hacia atrás el trayecto recorrido y hacia delante el que queda por recorrer. Por un lado, equipados con las alforjas de nuestros conocimientos, capacidades y experiencias. Por el otro, con nuestros motivos, intereses, ambiciones e ilusiones. También, con alguna que otra duda sobre si seguir en la misma embarcación o cambiar a otra. O construir el propio bote, con la satisfacción, riesgo, incertidumbre y temores que implica hacer por cuenta propia el resto de la travesía.

¿Qué nos ha pasado hasta este momento? La entrada en el mundo del trabajo es, para la mayoría de las personas, una etapa de intenso aprendizaje, ajuste y adaptación a la realidad del mundo de la empresa. La educación anteriormente adquirida difícilmente nos prepara para afrontar la parte política y a veces irracional de las organizaciones, porque cada trabajo implica no solo lógica y razón, sino también trabajar con personas, con sus intereses y sentimientos: colegas con quienes cooperamos y a veces competimos. Durante esta etapa tiene lugar el mayor aprendizaje personal y de nuestras reacciones ante nuevos entornos.

A partir de aquí empezamos a identificar y probar nuestras propias capacidades, motivos y valores y, con ello, a descubrirnos a nosotros mismos. Aprendizaje, socialización, responsabilidad y demandas de la organización van conformando progresivamente nuestro desarrollo profesional y carrera, y vamos adquiriendo mayor experiencia y madurez en los distintos puestos a que optamos en la propia empresa o en otras.

Paralelamente, vamos construyendo una imagen de nosotros mismos cada vez más definida. Tomamos mayor conciencia de nuestras capacidades, motivos y valores a medida que observamos las respuestas que damos a diferentes situaciones, problemas y desafíos. Vamos conociendo mejor nuestros puntos fuertes y debilidades: quiénes somos y quiénes no somos, a qué jugamos en la vida y a qué no.

A los 10-12 años de carrera, hacia los 30 y pocos, pasamos, pues, por esta revisión consciente o inconsciente de lo que hemos hecho hasta ese momento. Al mismo tiempo, nos hacemos algunas preguntas sobre nuestras decisiones anteriores y, especialmente, sobre las futuras: "¿Estoy haciendo lo que quiero? ¿He logrado lo que quería? ¿Ha valido la pena el sacrificio? ¿Quiero continuar o cambiar? ¿Qué quiero hacer el resto de mi vida? ¿Pasa por ello mi actual empresa?". Esta reflexión es la antesala de la que llamamos "crisis de los 40". Es la falda rocosa, escarpada, que antecede a la mayor pendiente al ascender a una montaña. Esta revisión es normal, relativamente tranquila y positiva en la mayoría de las personas, aunque en algunos casos puede ser traumática. Suele conducir a una reafirmación de objetivos actuales o a un descubrimiento de nuevos intereses, más o menos alineados con las propias capacidades.

El gap entre capacidades e intereses puede ser relativamente fácil de cubrir con alguna formación, posgrado y, sobre todo, actitud personal. Si el gap es grande, también se cubre, además, con fuerte motivación y disposición para superarlo. Para algunas personas esta revisión puede suponer un fuerte cambio y apuesta, que a menudo implica ser en buena parte mayor conductor de su propia carrera, futuro y vida.

Lo más importante que se puede aprender en esta tesitura del cambio es que: a) La actitud de apertura, valentía y riesgo es ayuda inestimable. b) Soltar lastre y amarras, y "quemar las naves" supone un "compromiso total y duda cero", donde el fracaso está racional y emocionalmente descartado. c) Las alternativas consisten simplemente en sacar adelante el proyecto con claro éxito o éxito razonable: no hay fracaso posible.

Nunca puede haber fracaso cuando se pone toda la carne en el asador y se suda la camiseta hasta el último minuto del partido, incluido el tiempo de descuento y la prórroga. El esfuerzo resulta más fácil si pensamos que lo que está en juego es nuestra carrera, futuro y vida, de las que somos y debemos ser los propios arquitectos.

José Medina

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