Cada vez que visito el Altar de Pérgamo en Berlín, redescubro algo grandioso de la civilización griega de la que somos herederos. Mito, leyenda y vida se unen. Afloran virtudes y valores que resuenan en nuestra realidad actual.

Tras una empinada escalinata, el friso superior del altar describe la vida y leyenda de Télefos, héroe fundador de la ciudad de Pérgamo. Era hijo de Hércules y, por tanto, nieto de Zeus.

En su visita a la corte de Aleo, rey de Arcadia, Hércules se prendó de Auge, hija del rey. De este amorío nació Télefos, quien, tras su nacimiento, fue abandonado en el bosque y amamantado por una cierva. Auge fue lanzada al mar en un pequeño barco y casualmente recogida en una playa por Teutras, rey de Misia. Protegida por Atenea, Auge inició el culto a esta diosa en Pérgamo. Entre tanto, Hércules halló a su hijo en el bosque, al que alimentó con una leona.

Siguiendo el mensaje del Oráculo de Delfos, Télefos se dirigió a Misia, el reino de Teutras, donde seguía viviendo su madre Auge, y luchó valerosamente, sacando al rey de un serio aprieto. En recompensa, Teutras le dio la mano de Auge, sin saber que era su madre. Esta, sin haberlo reconocido todavía, se negó a casarse con Télefos. Ya se disponía este a matarla cuando Auge invocó a su antiguo amor, Hércules. Finalmente, madre e hijo se reconocieron a tiempo, en la noche de bodas. Es una leyenda como la de Edipo (que mató a su padre y se casó con su madre), pero con buen final y sin desenlace trágico.

Sin pretenderlo y por un malentendido, Télefos se vio implicado en la Guerra de Troya y fue herido gravemente por Aquiles. Como hijo de los dioses, la lanza de Aquiles infería heridas incurables. No obstante, invocado el Oráculo de Apolo, este comunicó que sólo la misma lanza podría curar la herida. Consternado, ya que un griego nunca debía herir a otro griego, Aquiles la colocó al lado del lecho de Télefos, que había ido hasta Argos con el fin de sanar la herida que no curaba. Sólo los grandes médicos del ejército griego, hijos de Esculapio, acertaron a limar el acero de la lanza y colocarlo en la herida, sanando así a Télefos. Este retornó a Misia, donde reinó hasta el fin de sus días.

Warren Bennis decía que el auténtico liderazgo es el arte de orientar, influir y trabajar eficazmente con las personas, disfrutando éxitos y adversidades durante décadas.

Como la vida misma, la leyenda de Télefos se nos presenta en escenas cronológicas secuenciales, en forma de llegadas y partidas, desde el nacimiento del héroe hasta su ancianidad. Aunque no exenta de batallas y de luchas, como en nuestra propia existencia, la de Télefos transcurre de forma continuada, armónica y progresiva, así como sus relaciones con los distintos humanos, dioses, héroes y oráculos que aparecen en su devenir y en su destino. Contrasta con las leyendas de otros héroes en la época arcaica y clásica griega (Hércules, Edipo, Aquiles), en las que el heroico protagonista aparece representado por una sola batalla o hecho glorioso, frecuentemente con final trágico. La leyenda de Télefos es de las pocas que terminan bien.

El friso de Télefos en el Altar de Pérgamo parece transmitirnos el mensaje de que todo lo importante en la vida se construye poco a poco, paso a paso, con pleamares y bajamares, incluido un apacible final, tras muchas alegrías y desasosiegos.

Así nació el Altar de Pérgamo, en la Época Helenística, políticamente decadente y culturalmente grandiosa, con una historia y final dichoso, a diferencia de la mayoría de las tragedias griegas.

Como Warren Bennis diría, Télefos disfrutó de su vida y de su liderazgo, con sufrimientos y alegrías, ejerciéndolos durante décadas hasta el final.

José Medina

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