El comienzo de una carrera es como el nacimiento de un río. El agua fluye entre piedras y cae en cascada sobre pozas y rocas, buscando el camino, que poco se parece al resto del curso. A lo largo de éste, el caudal crece y cambia, el cauce se ensancha y el río pasa por muchos lugares, hasta terminar en el mar.

Algo así es nuestra carrera. Remamos y avanzamos corriente abajo, cada jornada, durante años. Tras haber recorrido un largo trecho, hacia la mitad del camino, buscamos algún remanso cercano a la orilla; soltamos momentáneamente los remos y nos detenemos, mirando hacia atrás el trayecto recorrido y hacia delante el que queda por recorrer. Por un lado, equipados con las alforjas de nuestros conocimientos, capacidades y experiencias. Y, por el otro, con nuestros motivos, intereses, ambiciones, ilusiones y algún que otro temor y deseo de cambiar de senda y hacer a pie el resto del camino. ¿Qué ha pasado hasta este momento?

La entrada en el mundo del trabajo es, para la mayoría de las personas, una etapa de intenso aprendizaje, ajuste y adaptación a la realidad del mundo de la empresa. La educación anteriormente adquirida difícilmente nos prepara para afrontar la parte política y a veces irracional de las organizaciones, porque cada trabajo implica no solo lógica y razón, sino también trabajar con personas, con sus intereses y sentimientos: colegas con quienes cooperamos y a veces competimos. El mayor aprendizaje personal y de las propias reacciones ante el nuevo entorno tiene lugar en esta etapa.

A partir de aquí empezamos a descubrir y probar nuestras propias capacidades, motivos y valores, y, con ello, a descubrirnos a nosotros mismos. Aprendizaje, socialización, responsabilidad y demandas de la organización van conformando progresivamente nuestro desarrollo profesional y carrera, y vamos adquiriendo mayor experiencia y madurez en los distintos puestos a que optamos en la propia empresa o en otras.

Paralelamente, vamos construyendo una imagen de nosotros mismos cada vez más definida. Tomamos mayor conciencia de nuestras capacidades, motivos y valores a medida que observamos las respuestas que damos a diferentes situaciones, problemas y desafíos. Vamos conociendo mejor nuestros puntos fuertes y debilidades: quiénes somos y quiénes no somos, a qué jugamos en la vida y a qué no.

A los diez-quince años de carrera, pasamos por una revisión consciente o inconsciente de lo que hemos hecho hasta ese momento. Al mismo tiempo, nos hacemos algunas preguntas sobre nuestras decisiones anteriores, y, especialmente, sobre las futuras. “¿Estoy haciendo lo que quiero? ¿He logrado lo que quería? ¿Ha valido la pena el sacrificio? ¿Quiero continuar o cambiar? ¿Qué quiero hacer el resto de mi vida? ¿Pasa ello por mi actual empresa?” Esto es lo que yo llamo “la crisis de los cuarenta”, que trataremos en más detalle en el próximo artículo.

Esta revisión puede ser traumática en algunos casos, pero es normal, relativamente tranquila y muy positiva en la mayoría de las personas. Suele conducir a una reafirmación de objetivos actuales o a un descubrimiento de nuevos intereses, más o menos alineados con las propias capacidades. El “gap” entre capacidades e intereses puede ser relativamente fácil de cubrir. Si es grande, también se cubre con fuerte motivación y disposición para superarlo.

Casi todos los que pasamos del medio siglo, de alguna forma, recordamos esta crisis entre los treintaitantos y cuarentaipocos, más o menos, según cada caso. Personalmente para mí supuso un fuerte cambio y apuesta, desde una ocupación muy atareada y rica, relativamente estable, en una escuela de negocios, a un proyecto en el que, con cierto riesgo e incertidumbre, yo iba a ser en gran parte el conductor de mi carrera y futuro.

Lo más importante que aprendí en esta tesitura del cambio es que soltar lastre y amarras y quemar las naves suponen un “compromiso total y duda cero”, donde el fracaso está racional y emocionalmente descartado. Las alternativas consisten simplemente en sacar adelante el proyecto con claro o razonable éxito.

Nunca puede haber fracaso cuando se pone toda la carne en el asador y se suda la camiseta hasta el último minuto del partido, incluido el tiempo de descuento.

José Medina

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