Al analizar la carrera profesional de muchos directivos, observamos que aparecen de forma consistente cuatro situaciones o fases diferentes, cada una con diferentes dosis de motivación y satisfacción. ¿Cuántas veces en nuestra carrera hemos abordado un gran proyecto, ilusionante y desafiante, al que desde el principio nos hemos entregado en cuerpo y alma, sin regatear tiempo y esfuerzo? ¿O esas etapas de disfrute en las que, tras invertir mucho tiempo, energía y entusiasmo, hemos visto los resultados y empezamos a disfrutar de ellos? También hemos pasado por la fase de saborear las mieles del éxito, viendo como poco a poco se perdía la pasión y el entusiasmo. Y finalmente, etapas en las que el trabajo cada vez nos dice menos, nos aburrimos, no aprendemos y nos cuesta levantarnos para ir al trabajo”.

En la primera situación, estábamos motivados y todavía no satisfechos. En la segunda, satisfechos y motivados. En la tercera, satisfechos, pero no motivados. Y en la cuarta, ni satisfechos ni motivados. Quizá lo más interesante es que no suelen aparecer aisladas, sino relacionadas entre sí mediante una curva, y constituyen con frecuencia fases o etapas secuenciales no sólo en el trabajo, sino también en la carrera directiva, en las organizaciones y en otras facetas de la vida. En la ilustración, las cuatro combinaciones binarias posibles de motivación–satisfacción conforman las cuatro fases secuenciales, que denominamos de Compromiso (I), Consolidación (II), Complacencia (III) y Decadencia (IV).

En la fase I, el directivo se implica en un gran proyecto, lo compra emocionalmente, con un gran compromiso y deuda moral y emocional con la empresa y con quienes le han elegido. Es fase de aportar y aprender, y, al mismo tiempo, de gran dedicación, sacrificios personales y familiares, jornadas interminables o viajes agotadores. En esta fase, el salario emocional es alto y la persona pone en juego sus mejores capacidades y talento.

En la fase II, se consolidan el esfuerzo y dedicación. El proyecto funciona, se ve la luz tras el túnel, y se empieza a disfrutar de los resultados. La vertebración del proyecto ya se ha logrado y se rematan los detalles. Sin embargo, se empieza a tener la sensación de etapa cubierta, y poco a poco disminuyen la aportación y el aprendizaje. En la fase III, el proyecto está terminado y ya sólo quedan pequeños ajustes, que otros pueden llevar a cabo. Para algunos, prácticamente se ha cumplido el objetivo. Pero otros, como seres humanos, siguen disfrutando de las mieles y no se empalagan. La energía se dedica más a explicar cómo se ha hecho que a iniciar nuevos retos. A ello sigue la autocomplacencia, el estancamiento y hasta el "compromiso al revés": sentir ahora que es la empresa o los “otros” quienes están en deuda moral conmigo por mi gran esfuerzo, trabajo y servicios prestados.

Por último, la fase IV es la del deterioro, consciente o inconsciente, de posible degradación, hasta de destrucción según el caso. La cuesta abajo cambia progresivamente a caída en picado, casi irreversible. Las opciones de reconducir la carrera son cada vez más complicadas. El final de esta fase es a veces traumático y la reconversión dolorosa, tanto más cuanto más avanzada es la carrera. Suele acabar en salida de la empresa y reinicio de otra etapa profesional. Las vivencias personales de esta fase son el aburrimiento, deterioro y frustración, a veces seguidas de depresión.

¿Qué hacer para no entrar en la zona de la desmotivación, no estancarse y no caer en la complacencia y en la decadencia? La clave es el cambio y el reinventarse. Hay que renacer. Quien no está para nacer está para morir. Antes de llegar al punto máximo de la curva, hay que salir de ella e iniciar una segunda curva ascendente, apostando por estar de nuevo motivados y todavía no satisfechos. No es fácil salir de la primera curva, pues todo nos invita a seguir en ella, pero si no afrontamos el cambio comenzaremos a descender y a caer en picado.

¿Cuál es el lugar adecuado para empezar la segunda curva? Es el punto donde aún hay tiempo, recursos y energía para conseguir que la segunda curva supere las dificultades iniciales antes de que la primera curva empiece a caer en picado. La apertura al cambio implica asumir siempre que estamos cerca del punto culminante de la primera curva, y que, por tanto, deberíamos empezar a preparar la segunda curva. Mantener las dos curvas vivas se debería convertir en una disciplina permanente.

Todo tiene sus altibajos y nada dura arriba o abajo para siempre. Mantener en equilibrio esta paradoja es lograr que el pasado y el futuro coexistan en el presente. Las nuevas ideas pueden coexistir con las viejas.

Así pues, en vez de ir de II a III, vamos de II a una nueva curva ascendente. Al asumir los riesgos y la incomodidad de ese cambio, el profesional con talento, consciente o inconscientemente, se reinventa a sí mismo con nuevos retos, que son las resistencias a vencer que miden las fuerzas de sus capacidades y talento directivo. Renacen el compromiso con el nuevo proyecto, el aprendizaje y el desarrollo profesional y personal. Aparece de nuevo el entusiasmo, la ilusión y la entrega y se sigue de nuevo el camino hacia una nueva fase de consolidación y hacia un nuevo ciclo de crecimiento personal.

José Medina

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