Desde niño, en mis paseos por el Retiro, llamó mi atención la hermosa estatua del Ángel Caído, de Mariano Benlliure. Se halla en la Fuente de los Galápagos, cerca de la Rosaleda, en el paseo de coches. En el centro, Lucifer, sobre una roca, mira al cielo, perdido el equilibrio, con serpientes que le atenazan las piernas. Dios le ha castigado por su soberbia.

En mi profesión, siempre me ha resultado enigmático el fracaso o mal final del profesional excelentemente dotado que acaba destruyéndose a sí mismo y perjudica a otros que encuentra en su camino.

En este ámbito, llamo liderazgo perverso al practicado por estas personas con grandes capacidades, que dañan a otros, a su organización y, al final, a ellos mismos.

Creo que, desde lo más profundo del ser humano, las raíces de este liderazgo se hallan en las pasiones mal canalizadas, desbordadas. Pasiones, sentimientos y deseos son los motores de nuestra conducta. La pasión es el primer origen de cualquier acción o proyecto importante que abordamos en la vida. La pasión es siempre intensa y ambivalente, y nos puede impulsar hacia lo bueno o lo malo, según la manejemos o nos maneje ella. Es disfrutada y/o padecida por el protagonista. Se salta todos los controles, como caballo desbocado, hacia la grandeza o hacia el abismo.

Desgraciadamente, el fracaso de grandes directivos y profesionales reside no tanto en desaprovechar sus excelentes capacidades, como en bajar la guardia ante sus puntos débiles y flaquezas, alineándolas con sus pasiones desbordadas.

El liderazgo perverso, que busca fines perversos, o aparentemente válidos pero a través de medios perversos, tiene estas características o leyes:

  • Es abundante y adherente. Más abundante de lo que se piensa, y adherente, porque también despierta en nosotros esa pasión, que no nos es ajena. Por ejemplo, fines válidos con medios dudosos.
  • Es contagioso: al no sernos ajena la pasión, esta nos invita a emularlo. “Si este se salta las reglas y le va bien, ¿por qué no yo?”
  • Es independiente de cualquier otra capacidad o característica de la persona. Puede ser practicado tanto por un líder inteligente como por un necio. Obviamente, el primero es el de peores resultados para la organización.
  • Es tanático y tóxico: perjudica y, a la larga, se perjudica. Destruye a otros y a sí mismo. Acaba mal. Pasado y presente terminan siendo predictores del futuro.
  • Es subestimado: se es indulgente frente a sus efectos destructivos iniciales: “Todo jefe tiene algo de c…”, “quien bien te quiere te hará llorar”, etc. A veces no se diferencia entre rigor y maldad.
  • El perverso inteligente y capacitado es el peor de todos. Hay muchos ejemplos: Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot…
  • Cambio difícil. La terapia del liderazgo perverso es complicada, y, a veces, peligrosa para el terapeuta.

Con frecuencia hemos citado que el liderazgo auténtico siempre se basa en estos tres pilares:

  • Capacidades y Experiencia
  • Motivos y Ambiciones
  • Ética y Valores

Si uno de ellos falla, la casa no se sostiene. Un líder solo con ambiciones es un demagogo. Un líder con capacidades y ética pero sin motivos, es un tecnócrata. Finalmente, un líder con capacidades y ambiciones pero sin ética, es un predador destructivo, un líder perverso. Nada hay más peligroso para una organización.

Probablemente estas pasiones desbordadas que citamos tienen mucho que ver con los conocidos siete pecados capitales; así llamados según la doctrina cristiana, por ser origen de otras muchas flaquezas humanas. Estos eran Soberbia, Avaricia, Envidia, Ira, Pereza, Lujuria y Gula.

Cada una de estas pasiones da lugar a diferentes tipos de liderazgo perverso.

Trataremos de explorar algunos patrones de liderazgo en nuestro mundo actual, que son metamorfosis del liderazgo perverso y de cada uno de estos pecados capitales y veremos cómo las pasiones humanas y el liderazgo perverso pueden corroer cualquiera de los tres pilares mencionados.

José Medina

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