Asistí recientemente en el Yale Club de Madrid a una interesante conferencia del nuevo Director del Museo Reina Sofía. Manuel Borja-Villel obtuvo una beca Fulbright para Yale, simultáneamente con su amigo Vicent Todoli, actual Director de la Tate Modern de Londres. A su vuelta a España fue Director de la Fundación Tàpies y del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, antes de incorporarse al Reina Sofía.

En nuestro mundo globalizado, el arte se ha ido convirtiendo en un referente central de la cultura y desarrollo de los países. De una época de producción de arte, hemos pasado a otra de producción, consumo e intercambio de experiencias. Y en esto juegan un papel clave los museos. Además de seguir siendo templo de las musas y atractivo turístico, han evolucionado a algo que, en el sentido más positivo de la palabra, se asemeja a centros comerciales, lugares de encuentro, de intercambio de conocimiento y experiencia viva, foros de debate y de aprendizaje.

Comparado con otros museos ya consolidados, el Reina Sofía tiene ante sí un gran proyecto, donde mucho está por hacer y donde hay una historia por contar. Los grandes museos como el Prado, Louvre, National Gallery, Tate, Metropolitan, o MOMA, tienen su propia historia. Son grandes “museos de continente”, sólidos, dominantes. Aunque siguen siendo centros de referencia, donde predomina la contemplación visual, pasiva, más estática y cerrada que dinámica y abierta, son cada vez más núcleos interconectados dentro de una red mundial, con crecientes relaciones internacionales e intercambios de exposiciones temáticas móviles. No dejan, sin embargo, de ejercer su ”liderazgo de continente”, tradicional y clásico, donde lógicamente predomina la “perspectiva turística” de consumo, captadora de la obra más en la cámara que en aprendizaje y vivencia personal.

El MOMA nació y construyó su historia victoriosa tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la historia por contar del Reina Sofía, más modesto, pero uno de los grandes, puede ser diferente. Podría asemejarse a la de los antiguos hebreos bajo el poder de los egipcios y de su dios. Moisés eligió su propia historia y su propio dios. Decidió que, en vez de ser un pueblo esclavo a imagen de otros, iban a ser el pueblo elegido. Así inició su camino. Así lo puede "andar" el Reina Sofía.

Los museos ocupan un espacio nuevo en el mundo del arte que es clave en nuestra civilización. Cada vez funcionan más en red con los demás museos, influyendo y siendo influidos. Son como islas intercomunicadas formando un archipiélago, donde cada una ejerce su liderazgo. Cada isla es importante para las demás, ninguna tiene sentido sola y todas son necesarias. Como las islas griegas, Baleares, Canarias y tantas otras, todas forman un conjunto en el que cada una tiene su papel, identidad e influencia sobre el resto. En este sentido, el Reina Sofía puede llegar a constituir un excelente ejemplo.

Este liderazgo en archipiélago, tan importante en el mundo del arte y en el desarrollo cultural y democrático de nuestra civilización, tiene un importante paralelismo con el liderazgo cada vez más necesario en el mundo de las organizaciones que tratan de desempeñar un papel clave en la creación de riqueza y bienestar en los pueblos. Los grandes directivos no son dueños, sino custodios y administradores de un patrimonio que tienen que gestionar eficazmente en beneficio de todos. Las Meninas, el Guernica, las Pirámides de Egipto y el medio ambiente son patrimonio de la humanidad. También lo son la civilización, los valores democráticos y la generación de riqueza a compartir, dentro de la economía mundial, que hemos ido construyendo con mucho trabajo y bastantes traspiés. Si hemos progresado en libertad, algo en igualdad y poco en fraternidad, el liderazgo de archipiélago propugnado en el arte y aplicado al resto de nuestra vida puede contribuir a un mayor sentido de interdependencia y conciencia de los otros dentro de un mundo construido en redes. Todo lo opuesto a querer dominarlo apretando un botón.

En mi actividad de “Executive Search” he descubierto “a posteriori” que, en todas las búsquedas de Directores de Museo o Centros de Arte que he hecho, iba buscando, sin saberlo, directivos con liderazgo en archipiélago. No era fácil encontrar al candidato con todas las cualidades requeridas. Cada una era necesaria, como lo es cada isla en el archipiélago: tener autoridad profesional y personal; ser conocedor, experto e interesado en el mundo del arte; tener una red de relaciones profesionales; incorporar exposiciones que se mueven por el mundo; gestionar eficazmente recursos económicos, técnicos y humanos; construir y liderar un equipo diverso de profesionales cualificados, expertos en diferentes materias; sensibilidad, marketing y olfato de lo que puede ser atractivo para los “clientes”; visión estratégica, ver “un poco más allá” de qué va el mundo del arte y qué interesa a los ciudadanos; a qué segmentos de población nos dirigimos... y percibir el propio cometido de forma activa, dinámica e influyente dentro de una gran red mundial de influencias.

Los puestos eran de liderazgo en archipiélago, y un archipiélago era también todo el conjunto de capacidades necesarias para la excelencia en la dirección de un museo.

José Medina

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