Hace unos días, en Nueva York, visité nuevamente el MoMA, disfrutando una vez más de su incomparable tesoro y patrimonio artístico. Tras gozar de una magnífica exposición sobre Dalí, medio perdido por las salas, me encontré de pronto ante un pequeño dique de plástico o policarbonato transparente, que sujetaba a un montón de bolas blancas de golf o de ping- pong,  apiladas contra un rincón. Dudando qué podía ser aquello, pregunté a un funcionario. Benevolente con mi ignorancia, me confirmó que se trataba de una auténtica obra de arte, aunque personalmente comprendía mis dudas. Unos días antes, en otro rincón, había un cubo con agua, detergente y una fregona, y cuando varias personas lo estaban observando, llegó la señora de la limpieza y se lo llevó, dejando a todos desconcertados.

Asumí mi ignorancia, satisfecho de haberme esforzado en entender algo que para mí carecía de sentido y de arte. A diferencia de los sufridos observadores de la fregona, no pude ver a nadie aparecer y llevarse el montón de pelotas “olvidadas”.

Recordé entonces dos frases que un gran maestro me repetía: “Ante todo, un consultor debe saber trabajar con su ignorancia”. Y también: “Los buenos directivos y líderes siempre están preguntando por todo”.

Era Warren Bennis. Decía que el liderazgo es, ante todo, una cuestión de carácter, y que el proceso de convertirse en líder es como el de hacerse persona. Liderazgo es a carácter lo que persona a criterio. Tener criterio respecto a algo consiste en tratar de descubrir el sentido que ese algo tiene para nosotros: si “nos dice” algo, dentro de nuestro referencial de conocimientos, experiencia, intereses, valores y sentido común.

El criterio es imprescindible no sólo en el desempeño eficaz de tareas gerenciales y de liderazgo, sino también en la gestión de nuestra propia vida. Tiene mucho que ver con el liderazgo de archipiélago, ya citado en el artículo del número pasado: aprender de la experiencia; influir y ser influido; integrar lo aprendido en nuestro conocimiento y experiencia. Todo ello en un mundo interrelacionado y en los ámbitos más variados de nuestra existencia.

Recientemente, con el dueño de una bodega cliente estuve disfrutando de varios vinos, no muy conocidos, pero de excelente sabor, cuerpo y aroma. Con gran sencillez dentro de su profundo conocimiento del tema, me aclaraba: “El mejor vino de todos es el que más le gusta a usted en ese momento. El vino, y tantas  otras cosas en la vida, tienen que decirnos algo; si no, no valen la pena”.

Tenía razón, no sólo por ser el cliente. Una película, una obra de teatro, una pieza musical o una ópera tienen que decirnos algo para sentirlas y disfrutarlas. Para ello hay que tener criterio sobre lo que nos gusta o no, siendo auténticos con nosotros mismos, asumiendo nuestra ignorancia o desconocimiento del tema y abiertos a aprender y entender mejor lo que ignoramos.

Tener criterio es imprescindible tanto en liderazgo y dirección como en consultoría. Consiste en alinear la razón y lógica de un tema o problema con nuestra comprensión, intuición, olfato y sensaciones sobre el mismo.

También en la carrera profesional, el criterio sobre nuestro ajuste a un puesto o proyecto es  de importancia clave para el éxito o fracaso. Hay que saber  alinear nuestras capacidades, intereses y valores con las características, retos y riesgos del proyecto: para que el  reto sea alcanzable y satisfaga nuestras metas y necesidades, y el riesgo sea calculado y medido: ni un salto en el vacío ni una mediocridad. Es frecuente oír a un directivo “Es que no me veo a mí mismo en esta empresa o en este proyecto en un futuro…”

Al final, en el trabajo, en la carrera y en la vida, hay que ser auténtico con los demás y con uno mismo, sin autoengañarse. No hay que caer en la trampa del cuento de Andersen “El nuevo traje del Emperador”, dando las cosas por supuestas simplemente porque así nos las presentan en el menú del día.

A este propósito, también el mundo gastronómico es un ámbito más donde entrenar el criterio. Recientemente, el “maître” de un exquisito restaurante me sugirió como entrada, con especial candor y fuera de carta, un plato de “boletus edulis” sobre  lecho de yogur deconstruído, cuyo suero extraído se había inyectado en el boletus. No es inventado. Mi primer pensamiento fue qué había hecho el pobre boletus y qué culpa tenía para que le inyectaran el suero. Con toda la cortesía posible, descarté la sugerencia, inclinándome por una pequeña ración de alubias rojas de Tolosa. En la mirada del consternado “maître” adiviné que el agravio comparativo al boletus inyectado y a él mismo venía más de las alubias que no de mí. Aun sin rencores, tampoco me debió considerar merecedor de su plato.

Por mi parte, no sé si por criterio o rigidez, perdí una oportunidad de abrirme a una nueva experiencia. Pero creo que un boletus inyectado con suero de yogur nunca llegará a decirme lo que me dicen las alubias de Tolosa. En temas importantes como éstos conviene afirmar el propio carácter y liderazgo. Uno no deja de ser heredero de su país y cultura. 

José Medina

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