El CEO Julio César: transformar el plomo en oro

30 ene. 2010

El CEO Julio César: transformar el plomo en oro

Ejercer y practicar el "Conócete a ti mismo" de Sócrates es una diferencia clave entre el directivo excelente y el mediano. Un buen autoconocimiento y una buena autoestima suponen aprovechar y usar eficazmente los puntos fuertes, al tiempo de vigilar y cuidar los débiles: sacar "sobresaliente" en los primeros y, como mínimo, "aprobado" en los segundos.

Cayo Julio César (100-44 a.C.), extraordinario personaje alrededor de quien giró la historia de Roma y del mundo de la época, fue un prodigio tanto en el conocimiento y aprovechamiento obvio de sus innumerables cualidades, como, sobre todo, en la gestión y disimulo de algunos de sus defectos, que llegó a transformar en fortalezas propias. Excelente jinete desde joven (galopaba con las manos cruzadas a la espalda), caminaba a pie frente a sus soldados, dormía en los carros y comía sobriamente. Fue un prodigioso general, político y estadista. Supo impartir justicia, al tiempo de ser indulgente con defectos ajenos, porque tenía necesidad de que los demás lo fuesen con los suyos. Los tres principales eran:

  • Ser calvo desde muy joven, de los que se avergonzaba. Se trasladaba el pelo y se peinaba desde la nuca hasta la frente. Por ello inventó la corona de laurel, que, además de disimular su calvicie, contribuía a realzar su figura. Como de él dijo Gracián, "Desta suerte supo César laurear el natural desaire".
  • Ser muy mujeriego. Sin tener un rostro hermoso, fue siempre afortunado con las mujeres. Se casó con cuatro y tuvo muchísimas otras por amantes. Admirado y envidiado por la nobleza romana, era "el marido de todas las esposas y la esposa de todos los maridos". Hombre de mundo, elegante, compensaba sus infidelidades con mil atenciones y afectuosa estima. De forma exquisita, sabía tratar cortés y afablemente a todas. Lejos de ser esclavo o víctima de sus pasiones, las sabía manejar en propio beneficio.
  • Desde joven padeció jaquecas, ataques epilépticos y depresiones. Era hombre más inseguro en privado que en público, donde se crecía ante multitudes. Por miedo a su epilepsia se apoyaba en Marco Antonio, al que pedía estar a su lado mientras hablaba al pueblo. Calpurnia, su última y más duradera esposa, calmaba sus depresiones.

Grandes hombres tienen grandes defectos. La diferencia clave es la forma en que los conocen, controlan y gestionan positivamente, como hizo César. El fracaso del líder bien dotado es siempre enigmático y reside en la desatención a sus flaquezas.

Lo que trae el bien trae el mal. El éxito y adoración prolongados propician el exceso de confianza, osadía y orgullo desmedido. Es la hybris griega que describe Homero: Prometeo robando el fuego a los dioses, con sus consecuencias. César sacó provecho de sus defectos, menos del último que germinó y creció en él: la prepotencia. Ante los Idus de Marzo pretendió mostrarse firme, como la estrella polar. Aunque atemorizado y titubeante por los sueños premonitorios de Calpurnia, desoyó los consejos de todos y se encaminó al Senado. Poco después, desangrándose por las cuchilladas de sus colegas, moría ante la estatua que él mandó esculpir de Pompeyo, a quien años antes había vencido en la lucha por el poder.