No es fácil para el directivo recientemente ascendido a un puesto de liderazgo hacer y mantener amigos y colegas, al mismo tiempo que ser eficaz y triunfar en el puesto. Hay dudas y dilemas que brotan en el ejercicio inicial del poder y de la autoridad. No son sólo dilemas de opciones estratégicas y de objetivos, sino especialmente personales: sentimientos e intereses propios, valores y necesidades (prestigio, dar la talla, integridad personal, amistad, lealtad, inseguridades). En definitiva, dilemas entre responder a las necesidades de la organización y de los demás, y tratar de ser uno mismo, la propia y auténtica esencia.

La persona en el nuevo puesto se va a hallar ante unos dilemas permanentes, sobre los que tiene que cabalgar y mantener el equilibrio. Aunque puedan aparecerle externos, son realmente internos a la personalidad del directivo, y es éste quien tiene que saber dirimir con ellos. Ha de ser el mismo de antes o ser otro. Si elige lo primero, malamente responderá a las expectativas que sobre él tienen superiores, colegas y subordinados. No dará el ejemplo adecuado a otros que también optaban al puesto. Si trata de ser diferente, puede truncar lealtades y buenas relaciones con anteriores colegas que son sus actuales subordinados y que le van a ayudar en el desempeño eficaz del puesto. Sin dejar de ser y de mostrarse él mismo como persona, ha de tener y dejar claro su compromiso con su nuevo cometido, asumiendo que su papel de líder cambiará en muchas de las relaciones con sus antiguos colegas.

Ser respetado y querido al mismo tiempo. Es una variante del anterior, en un plano más emocional. El nuevo directivo no puede optar por ser querido si el precio a pagar es el deterioro de sus decisiones. Necesidades excesivas de cariño, reconocimiento o aceptación de los demás van a suponer una pérdida de autonomía y de independencia, con la consiguiente debilitación del liderazgo y de la gestión. El principal indicador no resulto en un directivo es la ambivalencia y poca claridad en la transmisión de sus mensajes. Sus directores comienzan a percibirlo como dependiente y rehén de sus subordinados, disminuyendo la credibilidad y confianza hacia él. La solución: tratar de estar satisfecho consigo mismo y ganando en criterio, respeto y aprecio profesional lo que pierda en reconocimiento y cariños personales.

Saber competir, ganar y perder. La competición existe en el mundo simultáneamente a la cooperación. Desde pequeños cooperamos y competimos al mismo tiempo con nuestros hermanos, amigos y compañeros de trabajo. El aceptar o rehuir la competición tiene raíces profundas en el ser humano, y está fuertemente ligado al aprendizaje con nuestros padres y a los mensajes recibidos, fortaleciendo nuestra autoestima y haciéndonos sentir bien ganando o perdiendo. Bernard Shaw decía que hay dos dramas en la vida. Uno, es no lograr un objetivo deseado. El otro, lograrlo. Ni ganar es tan bueno ni perder es tan malo. No hay que bajar en autoestima al perder ni subir en prepotencia al ganar. Un ejecutivo con dificultades de desenvolverse en un entorno competitivo está abocado al fracaso. No tener resuelto el dilema de saber competir, ganar y perder se manifiesta de dos formas sutiles, que podríamos denominar como el miedo al fracaso y el miedo al éxito.

Miedo al fracaso. Aunque en la vida nunca se triunfa ni se fracasa por completo, el miedo al fracaso existe en el ser humano. Reside en que en muchos eventos de la vida podemos ganar o perder. Sin embargo, siempre ganar y nunca perder no puede ser, como dice el refrán. No es fácil convivir con la vivencia de perder sin que en algo nos afecte. El directivo debe estar dispuesto a poner todo para ganar, sin que se resienta su autoestima si se equivoca o pierde ocasionalmente, y a no creérselo demasiado en los aciertos y éxitos cuando gana.

Miedo al éxito. Esto es algo más complicado. Lo podríamos llamar complejo de Macbeth. Es la idea de que sólo se puede triunfar o alcanzar el éxito a costa de otros, pisando el camino a los demás. Es la tragedia de Macbeth, que terminó asesinando a todos sus potenciales competidores en su camino hacia el trono, ya fueran amigos o enemigos. La corona descansa sobre una cabeza atormentada por una ambición insaciable y por el sentimiento de culpa sobre cómo logró sus éxitos. Esto le hace ir cavando su propia fosa hasta convertir el éxito en derrota final. Tener o no tener éxito como sea: yo gano, tú pierdes, es el supuesto inconsciente de personas con ambiciones desmedidas que terminan autoderrotándose por su codicia insaciable, como Macbeth. Hay ejemplos abundantes a lo largo de la historia, hasta la actualidad.

Hay medidas para superar estos dilemas, que abordaremos en otro momento.

José Medina

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