Hace tiempo, el presidente de una compañía cliente me llamó para encargarme la sustitución del director de recursos humanos, con el que yo tenía varios procesos en marcha y mantenía una buena relación profesional. Preocupado, pedí ser yo quien, cerrado el proyecto, se lo comunicara al interesado. Busqué el sustituto y, en su momento, se lo comuniqué a mi interlocutor. Su asombro y desconcierto fueron totales.

- Pero, ¿cómo no me has dicho nada?
- Bueno, había prometido total confidencialidad.
- Pero ¿incluso conmigo? Si me lo hubieras dicho, yo la habría mantenido. No lo comprendo.
- Entiende, era lo que había prometido. Podía haber rechazado el encargo, pero el resultado hubiera sido el mismo.
- No puedo entenderlo. Al menos, discúlpate.
- Bueno, más que disculparme, me he sentido mal en todo esto que he tenido que hacer.
- ¿O sea, que volverías a hacerlo?
- Creo que sí.
-¿Por qué me lo dices tú? ¿No quiere decírmelo él?
- Te lo iba a decir, pero accedió a que fuera yo.
- Bueno, no te lo puedo perdonar. Ya hablaré con él, aunque veo que todo está decidido.

Desde entonces perdí el contacto. No me contestó a ninguna llamada. Si hemos coincidido en alguna convención o congreso, siempre me ha esquivado.

Un error del consultor es cargar con trabajo que corresponde al cliente. En este caso, quizá fue así. La víctima pasó a verdugo, y el verdugo traidor, a víctima.

La vida se vive hacia adelante, y se conoce hacia atrás. Con más afecto que inteligencia, quizás me equivoqué. Pero todavía no sé si volvería a hacer lo mismo, con igual lealtad y más habilidad.

José Medina

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