No sin cierta nostalgia, me vienen a la memoria las explicaciones de una conocida firma de consultoría estratégica respecto a la guerra por el talento, que –se decía a finales de los noventa- se iba a librar en un escenario de competencia creciente, y que tendría como objetivo reclutar y retener a profesionales con talento, la nueva piedra angular del éxito empresarial.

En aquellos momentos, las firmas de búsqueda de directivos tuvimos mucho que ver en la identificación, atracción y trasvase de ese talento hacia aquellas organizaciones, nuestros clientes, donde, entendíamos, iba a ser mejor aprovechado.

En el maremágnum de opulencia y crecimiento en que nos movíamos entonces, se hablaba, un tanto de pasada, de la innovación como tendencia de futuro. Pues bien, ha transcurrido ya más de una década, un periodo en el que hemos presenciado varios ciclos económicos y cambios de paradigma, tanto a nivel global, como español. En el transcurso de estos años, y metidos ya de lleno en un entorno de crisis económica, innovar se ha convertido en una necesidad tan acuciante que puede ser la característica que distinga a las empresas que sobrevivan a esta coyuntura de las que se queden por el camino.

Alcanzar ese objetivo exige contar con directivos que respondan a un nuevo perfil: ya no basta el mero talento, sino que además debe ser innovador y emprendedor. Las organizaciones necesitan incorporar a sus estructuras directivos capaces de diseñar y poner en práctica metodologías orientadas a gestionar de forma eficiente sus procesos de innovación. O, lo que es lo mismo, las organizaciones tienen que ser capaces de atraer capital humano, tecnológico, relacional y financiero con el objetivo de ser más competitivas.

Pero hay más: el directivo con ese nuevo perfil tiene que ser capaz de instaurar una cultura de la innovación, de forma que la organización, más allá de ser simplemente "dinámica", pase a transformarse en un "ente emprendedor" en todos sus niveles. En ello está en juego su supervivencia.

Y esto es válido no sólo para la empresa privada. A pesar de las limitaciones y recortes presupuestarios, las Administraciones públicas, a todos los niveles, diseñan y ejecutan actualmente políticas de innovación con presupuestos sin precedentes.

Pero claro, toda cara tiene su cruz, y el talento innovador y emprendedor, como verdadera fuente de valor añadido, es escaso. Esos directivos, que los hay, no son fáciles de identificar, ni de atraer, y aunque en muchos casos sus motivaciones de cambio responden sobre todo a la consistencia y coherencia de los proyectos que se les presentan, también pesa en qué medida “se lo creen” quienes tienen que impulsarlos. No hace falta decir que, como una de las reglas fundamentales del mercado es la de la oferta y la demanda, esos directivos manejan expectativas salariales crecientes, derivadas del hecho de que su perfil es demandado globalmente, y en este apartado, puede que no sean muchas la empresas españolas capaces de competir.

Pero para ser competitivos en innovación, hay que empezar por poner los cimientos. A modo de anécdota, sirva el comentario que me hizo un científico español, de menos de treinta años y cinco de residencia en Boston: “Me tratan mejor aquí con una beca, que en España con un contrato de trabajo”.

Luis José Murillo

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