Hace algunos meses, invitado al "Parents' Weekend” en la Universidad de Yale, donde mi hijo ha empezado sus estudios, tuve la suerte de asistir a un “panel” donde el “Master” y el “Dean” de la Universidad describían sus cometidos relativos a los alumnos y a otros múltiples temas de la institución. El “Master” vela por el orden, la seguridad y todo lo que garantiza el funcionamiento de la Universidad. El “Dean” se centra en la orientación académica y en las opciones de los estudiantes, dentro de la amplia gama de alternativas de estudios en los tres primeros años.

Con mi “deformación profesional” del mundo de las organizaciones, pienso que el primero es el Director General, dedicado a la misión y estrategia, y el segundo es el Director de Recursos Humanos, centrado en la gestión del talento. Pero en Yale ambos se hallan al mismo nivel, dependiendo del Presidente.

La misión explícita de Yale es “formar ciudadanos para el mundo” (casi un 12% de los estudiantes son extranjeros). Parece cierto, a juzgar por las materias que mi hijo y sus colegas de todo el mundo eligen, entre otras, para el primer semestre: Relaciones Internacionales, Micro y Macroeconomía, Chino, Arquitectura y Cultura Precolombina, Pensamiento Político y Filosófico Europeo, etc., y decenas de actividades extracurriculares. ¡Pena no tener 40 años menos! Ahora me dirían que estoy sobrecualificado. O sea, viejo.

El “Master”, un hombre que destilaba sabiduría, humildad y buen sentido, hizo una breve introducción. Durante el coloquio, un asistente le preguntó cuáles eran sus principales tareas. Tras meditar un poco, respondió que no estaba muy seguro, ni por cuáles de ellas realmente le pagaban. Al acabar las risas de los asistentes, clarificó que, a pesar de que sus tareas venían muy bien expuestas en su descripción de puesto, su principal cometido era la zona gris, de penumbra y a veces de incertidumbre, en la que él y el “Dean”, codo a codo, trabajaban juntos continuamente. Añadió que, probablemente, la tarea más importante y que más le había hecho crecer en su vida como persona, tampoco venía descrita. Consistía en responder a veces, hacia las 2 de la madrugada a la llamada telefónica de algún estudiante, que inocentemente empezaba preguntando: “¿Es Mr. J.?” “Claro, soy yo”. “Perdone, quizás le he despertado a esta hora.” “No importa. Si me ha llamado es por algo importante para Vd.” Y así hablaban durante una hora o quedaban para tratar el tema al día siguiente.

Al “Dean” le ocurría algo muy parecido. Aunque los problemas de los estudiantes fueran oficialmente de orientación académica, siempre venían acompañados de muchos otros aspectos que afectaban a la persona y a la Universidad.

En definitiva, dentro de sus diferentes roles y a pesar de la zona gris de penumbra, ambos remaban en la misma dirección. Trabajaban juntos, comprometidos y alineados con la misión de la Universidad de formar ciudadanos para el mundo.

La reunión me conmovió. Posteriormente, entre café y pastas, les manifesté mi admiración y aprecio por su tarea, trabajando codo a codo y cooperando por encima de ambigüedades e incertidumbre, cada vez mayores en este mundo donde todo está relacionado con todo. Eran un gran ejemplo para el funcionamiento de otras universidades y de muchas organizaciones.

Al preguntarme ellos mi ocupación en España, no pude evitar responderles con cierta humildad, pero menos modestia, que yo, desde mi país, con cierta frecuencia, también busco directivos ciudadanos para el mundo. Su curiosidad aumentó cuando les dije que la frase escrita en el mapa mundial de nuestra red de oficinas, y que yo mismo elegí, es hermana gemela de la misión de Yale:  “No nací para un solo lugar o país. El mundo entero es mi patria”. La dijo Séneca, un español, hace unos dos mil años. El sentido del humor de Mr. J. brotó nuevamente: “¡Maravilloso! ¡Eso es todavía más importante para nosotros que para usted! ¡Dos mil años es mucho más tiempo para un americano que para un europeo!” Nunca había pensado eso. Debe ser porque ellos no han tenido Edad Media.

José Medina

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