En una búsqueda reciente, el cliente me recordó al que había sido un excelente candidato que, 5-6 años antes, había rechazado una anterior oferta, prefiriendo ir a otra empresa, cuyo principal accionista le había propuesta ser Director General en breve.

Allí se hallaba, esperando la promesa, cuando le entrevisté de nuevo. Parecía como si los años transcurridos hubieran truncado su carrera. El antes candidato interesante, pero no interesado, era ahora candidato interesado, pero no interesante. Dudas, vacilaciones y eternas expectativas le tenían inmovilizado. Lo que más me impresionó fue su mirada, lánguida y perdida, hacia todos los lugares menos hacia mí.

Decidí que el cliente lo entrevistara para contrastar mis impresiones. Al acabar, me miró fijamente y dijo: "Parece otra persona; no es el mismo de antes ¡Cómo ha cambiado!".

¿Cómo se generan las carreras truncadas o malheridas? ¿Es la persona? ¿Son las circunstancias? Como raíces de árboles, las causas pueden ser muchas y ramificadas. Es terreno complicado. Aventuramos algunas:

Larga dependencia, largas expectativas. Cuando nuestra carrera depende de otra persona, corremos mayor riesgo del que pensamos. No sólo dependemos de lo que le pueda pasar al otro, sino también de lo que pueda pasar por su cabeza. Nuestras expectativas suelen ser más optimistas que las de un observador externo. Riego y espera se prolongan y aumentan. Hay que actuar. ¿Cuándo? Antes de lo que te piensas. Pide consejo.

Miedo al riesgo y excesiva seguridad. Parecida a la anterior, pero ahora la dependencia y expectativas son respecto a la empresa, diversificadas en algunas personas. También todo nos invita a ser pacientes y a un excesivo tiempo en el mismo puesto. Hay que verificar que nos desarrollamos, aportamos y crecemos. Y preguntarnos: "¿Lo que quiero hacer en mi vida pasa por mi empresa?" "¿Se me está pasando la paella?" "¿Estoy dispuesto a renunciar, a soltar amarras, a abandonar la zona de confort?" La persona necesita "espuelas".

Ambición desmedida y salto al vacío. Es cegarnos, sin adecuar nuestras capacidades, experiencia y motivos al gran proyecto que nos ofrecen. Alta recompensa, alto riesgo. Hay que saber medirlo y obtener consejo. A la ascensión irresistible puede seguir la caída en picado. Que el riesgo sea medido y el objetivo alcanzable. Fácil de decir y difícil de practicar para el hambriento de éxito. Necesita reflexión y mesura.

Ser comprado por dinero: vender el alma al diablo. Es una variable del anterior, pero con visión más simplista y pobre. Es comprensible que nos ciegue un gran proyecto, pero nunca el dinero. El precio que pagaremos será nuestra libertad. Hay una ecuación inmisericorde: Salario N+1 más Proyecto N-1=Jaula de Oro". El "Hambre del Cuerpo" suplanta al "Hambre del Espíritu". Necesitan inyección de generosidad.

No mirar dónde se entra y repetir errores. Fenómeno curioso, frecuente en profesionales bien dotados: "Al poco de entrar en la empresa me di cuenta de que me había equivocado". Puede pasar una vez, pero cuatro o cinco ya es demasiado. Estas personas estropean su carrera, sin consolidar nada en cada empresa por donde pasan. El supuesto inconsciente es que siempre encontrarán otro puesto, por sus cualidades y encantos. Pero, con el tiempo, la vida les pasa factura. Necesitan consultoría no solicitada.

¿La persona o la circunstancia? Aunque el azar y la mala suerte existen, la persona comienza a desarrollar o a trucar su carrera en su propia empresa: nuevo jefe, cambios, expectativas, oportunidades... ¿Saber esperar o actuar? ¿Salto al vacío o eterna espera? ¿Cuál es el momento oportuno? Es una opción personal. Depende del riesgo razonable que asumimos al apostar por algo.

"Yo soy yo y mi circunstancia", decía Ortega. Pero hemos olvidado cómo seguía: "Si no salvo mi circunstancia, no me salvo yo". También un viejo proverbio árabe dice: "Ruega a Alá por tu vida, pero cuida de tu camello". Somos en gran parte arquitectos de nuestra carrera y vida. Y también siempre hay vida tras una carrera truncada.

José Medina

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