No es lo que parece. No se trata de la ansiedad que se siente por el deseo de lograr estatus. Es un fenómeno frecuente que se da en directivos cuando son ascendidos y tienen que ser jefes de los que antes eran sus colegas. Si la persona no está preparada puede caer en una trampa esquizoide, debatiéndose entre ser el mismo que era antes o una persona distinta.

Si el directivo recién ascendido opta por pretender ser el mismo que antes, caerá en la trampa malvada de ser víctima y rehén del aprecio de sus antiguos colegas. Si teme perder esto renunciará a su auténtico cometido en su toma de decisiones y terminará fracasando.

Si cae en la trampa de ser distinto, será objeto de vituperios que dirán que ya no es el mismo, que se trata de otra persona, que el puesto le ha cambiado...

Para no caer en estas trampas, el directivo recién ascendido tendrá que adoptar una postura dinámica y móvil, no estática, entre los dos polos.

Para no ser rehén de sus necesidades de aceptación y "cariño", tendrá que dar mensajes de que sigue siendo la misma persona, pero el cometido y desempeño eficaz de su nuevo papel implican asumir sus responsabilidades de liderazgo y ejercerlo con quienes eran sus colegas.

Aunque les aprecie a todos, no debe pagar un precio alto en su toma de decisiones y debe estar dispuesto a "perder el cariño" de aquellos de los que puede ser rehén. Es algo fácil de decir y no tan fácil de practicar y ponerlo en régimen de crucero, especialmente en los comienzos del desempeño de un nuevo puesto.

José Medina

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