Infinitas son las biografías, estudios y películas sobre Alejandro Magno: su grandeza, energía y liderazgo. Dentro de sus muchas conquistas y logros, creo que dejó de cumplir tres
que son fundamentales para evaluar a un líder:

  • Cómo deja las cosas tras de sí.
  • Cómo sirve al puesto o cómo se sirve de él.
  • Cómo entiende y cumple su misión.

Ninguna de estas tres tareas cumplió Alejandro satisfactoriamente. Su guión de vida es el de una persona que lo tiene todo y todo se puede esperar de él… todo lo bueno y todo lo malo. La conducta futura del ser humano tiene mucho de impredecible y hasta de enigmática. La de Alejandro se asemeja a las de las grandes estrellas que, con talento excepcional, alcanzan éxito y fama merecidos a temprana edad, con las dificultades que implica digerir tan abundante y apetitoso menú.

Filipo dio a Alejandro los tres mejores maestros de la época: el príncipe Leónidas, para cuerpo y músculos; Lisímaco, para la literatura; y Aristóteles, para la filosofía. Alejandro
fue buen alumno de los tres.

Sus deseos de llegar al poder se vieron cumplidos con el asesinato de Filipo por su general Pausanias en una discusión que acabó con una puñalada y con la vida del rey. Nadie supo si lo hizo por sí mismo o instigado por Alejandro, por su madre Olimpia o por los dos. Alejandro fue aclamado como sucesor con apenas 20 años.

La integración de los estados griegos que quiso Filipo seguía pendiente a su muerte, yendo a peor con la secesión de Atenas y Tebas. Alejandro alternaba crueldad y generosidad equitativamente, como en un balancín: arrasó Tebas y amnistió a Atenas, quizás por alimentar hacia esta un respeto y sentimiento de inferioridad, herencia de sus estudios filosóficos y literarios. Tocaba el arpa, hasta que su padre se mofó de él y a partir de entonces solo quiso oír marchas militares.

Aclamado por los estados griegos, estos le facilitaron tropas y recursos para verle marchar hacia Oriente, con 35.000 hombres contra un millón de soldados de Darío. Consciente de la dudosa fidelidad de Atenas, Alejandro dejó un tercio de su tropa en Grecia y emprendió su cruzada. Él no sabía lo que era Asia, ni nadie. De haberlo sabido, no hubiera pretendido conquistarla con 23.000 hombres. En aquel momento no estaba aún tan loco para acometer tal empresa. Creo que lo que movió a Alejandro contra Asia no fue un plan estratégico ni político, sino un sueño de gloria tras el que corrió once años sin despertar.

Sus victorias fulgurantes suscitaron la admiración de contemporáneos y de la posteridad. Hubo tanto mérito de Alejandro como demérito y caos de los persas, que nunca ganaron una batalla a los griegos. Alejandro conquistó Damasco, Sidón, Tiro, todo Egipto, fundó Alejandría y derrotó a Darío, conquistando Babilonia y Persépolis, y llegando hasta el Himalaya.

Habrá que recordar la invasión y retirada de Rusia por Napoleón para encontrar algo comparable. Antes de morir a los 30 años, Alejandro mató a su amigo Clito, que le había salvado la vida, cuando le recordó que el mérito de sus victorias correspondía a Filipo (era verdad), que le había dejado un poderoso ejército basado en la falange macedónica, la mejor máquina de guerra inventada hasta Roma.

En resumen, el liderazgo de Alejandro se resintió en:

  • Dejar las cosas peor, o igual, en el mejor de los casos. Su misión incumplida era integrar Grecia.
  • Más que servir al puesto o servirse de él, se sirvió a sí mismo, a sus anchas, con un curioso liderazgo narcisista-inmaduro, con problemas de identidad no resueltos.
  • Respecto a su misión a cumplir, cumplió con su devoción lúdicocaprichosa-militar antes que con su obligación política de estadista.

Alejandro vivió una intensa vida hacia delante sin llegar a conocerla hacia atrás. Su liderazgo fue más el de un heroico general y aventurero que el de un estadista. Como tantos otros divos y estrellas fulgurantes ungidas por los dioses, poseía un prodigioso hardware y un tormentoso software.

José Medina

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